Dulces
luceros
que en
la penumbra me sonríen.
Sonoro
tintineo
que despierta mi curiosidad.
Las
comisuras de mis labios se elevan,
se
estiran y forman
-cuidadosamente-,
dos
hoyuelos como nidos
de los
pájaros que anidan
en una
eterna primavera.
La
brisa acaricia mi pelo,
el
verano besa mi piel.
En mis
entrañas se revuelven los colores
y en mi
boca las palabras
no son
más que su reflejo,
un
resplandor, su calidez, la melodía
y las
alas de los jilgueros
juguetean,
revolotean,
cuando
el alba llega y alborea.
Y
resurjo de las cenizas
que
persisten tras este amanecer
para
revolverme en el dulce mundo
de las
pasiones y besarte de nuevo.
Volver
a morderte, recorrerte y amarte.
Y
consumirnos,
como
pájaros que cantan,
en esta
eterna primavera.